CORAZÓN Y CEREBRO

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Seguro que has oído frases de este tipo: Decide con el corazón, tu corazón sabe el camino, escucha a tu
corazón, tengo una corazonada…
Los antiguos filósofos y la cultura popular, se anticiparon en mucho a la Neurocardiología que hoy en día estudia
la relación entre corazón y cerebro.
Aristóteles ya dijo que “Pensamos con el corazón y la mente se dedica a enfriar, después de haber
pensado, la sangre que le lega caliente del corazón”.

Una sociedad como la nuestra que vive básicamente en la mente, de entrada, no encaja la idea de que nuestro
corazón sea otra cosa más allá que una máquina de bombear sangre en nuestro cuerpo, creyendo hasta hace
pocos años que el cerebro era el único amo y señor de nuestras neuronas, encargadas de transmitir impulsos
electroquímicos a nuestro cerebro.
Pues bien, la ciencia ha demostrado que existen neuronas en la médula espinal, en el sistema digestivo y en el
corazón, que se comportan igual que las neuronas del cerebro, es decir, también transmiten información al
cerebro.

¿Sabías que hay estudios científicos que demuestran que el corazón late de una manera concreta cuando
tomamos decisiones que van a tener un resultado positivo y de otra forma cuando las decisiones van a ser
erróneas?
Según esto, el corazón sabe antes que el cerebro si la decisión es correcta o no y además parece que el corazón
es el órgano del cuerpo, que emite más señales de las que recibe.
Me parece muy importante que nos preguntemos:

¿CUÁNTO ESCUCHO A MI CORAZÓN?
¿ME DOY CUENTA DE QUE HABITA EN MÍ O ES SÓLO
UNA MÁQUINA DE BOMBEAR SANGRE?

También os quiero compartir que la energía que emite el corazón humano es de 2,5 vatios de electricidad en cada latido, lo que genera un campo electromagnético que abarca entre 2 y 5 metros más allá de nosotros. Esto quiere decir que cuando nos encontramos con alguien, el campo electromagnético de cada uno, entra en contacto y antes de que abramos la boca, la otra persona ya tiene información sobre nuestro estado emocional, que puede ser coherente o no, con lo que expresemos verbalmente a continuación.
Afortunadamente, la ciencia cada vez tiene más en cuenta la relación que hay entre cómo afectan nuestras emociones a nuestra salud; en general todas las patologías físicas tienen que ver con nuestro estado emocional y con nuestros pensamientos.
Nuestro cuerpo se queja, nos alerta de cuando no estamos en coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos.
Relativizar, puede ser una buena herramienta para gestionar nuestras emociones y nuestro día a día; en la vida, casi nada es tan caótico como contamos que es y nada es tan valioso como para arriesgar nuestra salud, es importante tener esto en cuenta y también es muy importante que nos demos espacio para SENTIR, para ir conectando con nuestro corazón y con el resto del cuerpo que vive en nosotros de cuello para abajo. Ser
conscientes de cómo tratamos al templo que nos habita tan generosamente, al corazón que bombea sin descanso, a la piel que nos protege y nos permite disfrutar del tacto de un masaje, del sexo, a nuestras piernas y pies que nos mantienen en pie y nos llevan a dónde les decimos, a miles de milagros que ocurren silenciosamente cada día en nuestro cuerpo y que quizá no hemos parado atención por suponer que es “lo normal”.


MI CUERPO COLABORA CONMIGO A CADA SEGUNDO, ¿Y YO, COLABORO CON MI CUERPO?
Como siempre digo, lo primero es darse cuenta de ello y luego es una decisión que cada uno puede tomar o
no. Nos pueden resultar útiles muchas técnicas como meditar, también auto-observarnos poniendo atención
a nuestras sensaciones corporales, respiración consciente, etc. Al final se trata de parar, de regalarnos un
espacio, para estar bien para nosotros y por ende, para las personas que nos importan; para saber
internamente que siento, que me pasa y que decido hacer con ello y ahí como veis, nuestro corazón tiene
mucho que decirnos.

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